sábado, 17 de septiembre de 2011

Pocos muebles como una mesa


Pocos muebles como una mesa

septiembre 17th, 2011

Quizá una cama, pero aun aceptando la importancia de reposar, dormir, o hacer el amor, es difícil encontrar otro mueble con la misma presencia. Sobre una mesa es posible hacer lo mismo. No hay otro mueble donde se haya puesto en juego la existencia tan a menudo en la paz como en la guerra, en el odio como en el amor, en el derroche como en la escasez.

Una mesa puede ser sencilla o alambicada, puede carecer por completo de encanto, incluso tener una pata más corta, eso se soluciona con facilidad, sin embargo tiene un significado indiscutible: reúne, congrega, separa. Las personas se sientan alrededor y trabajan, comen o beben, conversan, traban conocimiento o se alejan sin remedio. Una mesa es un punto en común, tal vez el menos evidente.

Dicen que el primero que pensó en una mesa, es decir, un especie de soporte que permitiera depositar objetos, comer o celebrar ritos fue un habitante de Egipto, Persia o Babilonia entre los siglos XVI y XI a.C. Parece que los escribas de la época no las utilizaban para su trabajo pues lo realizaban sobre las rodillas o en el piso. Los romanos y los griegos le dieron usos sagrados y profanos, crearon formas especiales para cada ocasión y sólo hasta la Edad Media se consideró la mesa como instrumento de trabajo.

Es de suponer que en la antigua China donde todo fue inventado, la mesa cumpliera desde mucho antes que en occidente las funciones que le conocemos. Desde punto de encuentro para comer, conversar o negociar, hasta altar para sacrificar o meditar.

Hay mesas famosas. La mesa de Salomón, construida en acacia y recubierta de oro, sirvió para que el Rey escribiera el conocimiento del Universo, la creación y el nombre de Dios que no se debe escribir y sólo se pronuncia para provocar el acto de crear. Esta mesa fue botín de guerra de Tito cuando destruyó el Templo de Jerusalén.

También es famosa la mesa, redonda, de los caballeros del Rey Arturo, y por supuesto la del vagón de tren donde se firmó el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial en Compiégne cerca de Rethondes, en el norte de Francia.

Hacia mil novecientos cincuenta y tres un joven puertorriqueño llamado Rudy Martin ocupó el lugar del director en la orquesta de Eddie Palmieri y junto con el vocalista Armando “Mandin” Vega hizo historia con el nuevo cha cha cha “La Mesa” que presentaron en su cartelera de éxitos durante varios años.

También hay que recordar la inmensa mesa roja y redonda donde Maia Pliseskaia bailó el Bolero de Ravel en la coreografía de Maurice Bejart, la noche de su Premier Mundial; o la no menos famosa mesa de billar del Club Maracaibo donde “Tabaco” hacía sus series de carambolas, inigualables por lo extensas y porque casi dormido sobre el paño llevaba las bolas por los cuatro costados en un tastaseo sin fin.

Otras mesas famosas son las de la Última Cena y la de “El discreto encanto de la burguesía” la película de Luis Buñuel, que tienen en común la forma rectangular y la posición de los comensales sobre el costado más largo, frente al público.

Hay mesas de todos los tamaños y colores y su historia puede ser tan variada como dispendiosa. Pero si las ligamos a la cotidianidad al imaginario y sus ficciones, vemos que hay mesas en la mayoría de las acciones que se realizan a diario,como la Mesa de la MUD, o de la Unidad Democrática.


Alrededor de una mesa sucede lo más común y también lo más espeluznante. Acciones que cambian la vida como la simple firma de un contrato laboral o el consumo de un jugo en una cafetería pueden llevar al desasosiego total, a la dicha, o por lo menos a la seguridad infinita. Miles de historias se han tejido en mesas anónimas de restaurantes o cafeterías, lo mismo que en mesas de trabajo y lo más curioso es que pocas veces, casi nunca pensamos en el mueble que sirve de base física para la acción.

En general lo que se mira de una mesa es el material de que está hecha: madera, metal, piedra, metal precioso o vidrio. El tamaño también es importante porque de él depende la comodidad o incomodidad de los contertulios o contrincantes.

Recordemos la imagen de la pareja que en el final de su relación ocupan los extremos, mientras el abismo insalvable, se abre entre ellos. La forma también es fundamental, las mesas redondas son las menos jerárquicas, nadie tiene la cabecera y los ocupantes ostentan, en apariencia, el mismo rango; en las rectangulares, la cabecera es ocupada por quien manda, o por el dueño, o por el director. De la cabecera hasta el otro extremo, sobre los costados, se acomodan los asistentes en orden de importancia, cariño o trascendencia.

Cuando un hombre y una mujer recién se conocen y la primera mesa interviene entre ellos, en general es una mesa cuadrada de restaurante, ocupan costados opuestos. Con el tiempo, pueden ser horas, minutos o meses, uno de ellos cambia y pasa a uno de los lados cercanos. Cuando la situación cae en barrena, él o la que se desplazó vuelve a su punto de partida y como por arte de magia la mesa parece aumentar de tamaño en el sentido de los ocupantes, por su puesto, hasta alcanzar la extensión insalvable de la ya mencionada.

Sobre una mesa pasa la vida y la muerte. Cuántos bebés han venido al mundo en mesas especiales para la operación o en mesas de fortuna, comunes y corrientes, preparadas en catástrofe por falta de tiempo; cuántos féretros han sido velados en mesas que pasan inadvertidas y en ocasiones menos trágicas sirven para festejar la vida, salen al jardín y sirven un almuerzo de primavera de esos que duran hasta bien entrada la tarde porque las conversaciones como los silencios alrededor de una mesa son siempre interminables. Estas reflexiones fueron escritas sobre una mesa que ha sentido el peso de todos los otros argumentos.

Sobre una mesa, que también servía de tablero, la gente tenía por costumbre escribir la fecha y la hora de su paso. La primera vez que me senté allí encontré mi nombre y una fecha. No creí que fuera yo quien escribió aquello y sospeché de un enemigo, o peor, de un amigo. De ese día en adelante vigilé. El día que descubra quién lo hizo, comenzará la historia.

Por Pierre Alechinski, él llama el BLOG donde escribe “Marginalia”, que es el espacio alrededor donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de una obra. *Edgar Allan Poe recopiló en un pequeño libro titulado “Marginalia” reflexiones que en ocasiones publicó en revistas.
*Los “Argumentos” son historias que el lector de Marginalias completará como guste.
* Siga las publicaciones de BCNBase y Ficción La Editorial en Ficción la Revista.
© saúl Álvarez Lara